El árbol de las jeringuillas

Hay un politoxicómano mirando a la pared, sus pájaros vuelan solos. Invasión de tristeza, la impotencia en los viandantes torna en indiferencia. Los paseantes sienten los cuervos del joven descascarillado, ven como escudriñan los contornos con cara de hambre. Él, es el síndrome de abstinencia hecho humano, inhumano.

Un árbol, en el tronco se agrupan seiscientas sesenta y seis jeringuillas clavadas, forman un círculo infinitamente cerrado. El punto de encuentro, en compañía de otros se chuta heroína escondido del otro mundo, para alcanzar el otro mundo. Érase una vez un bosque llamado de la ciudad, en Santa Eugenia de Ribeira (A Coruña).

Los puñales envenenados adelantan la muerte. El suicida se hace cruces cuando le cuentan el final de un amigo, se reparten las sobredosis siempre debajo de los puentes.

El barro llega a la cintura, son arenas movedizas que impiden que puedan escapar de la droga. Casi todos los hermanos están preocupados, vigilan para que los muertos no muertos, no se piquen las venas.

Más defunciones, un forense, mil levantamientos. Ya estás muerto, puedes descansar.