La fosa común de Ceares. Artículo prensa La Nueva España.

El cielo presenta un color enfermo. Un tono plomizo, limita, ¡no!, aún más, ciega la verticalidad con un estremecedor final acribillado de nubes negras. Los pasos pesados desenredan la maraña de escaleras flanqueadas por nichos tristemente poblados. Condenados los moradores de las vetustas oquedades al exilio de la vida.

La piel se ahoga, la última bocanada de aire antes de la oscuridad. María, recoge los enseres del condenado a la pena de muerte, toma una caja con un reloj, cien lágrimas y esta pequeña bolsa que guarda su miedo.

En el paredón de Ceares, los cartuchos disparados en espiral rebotan en los pensamientos arrancando trozos de vida. Pared habitada por piedras desiguales que habla de la eterna barbarie afecta a los seres humanos.

Muro que grita con palabras fuertemente asidas, el nombre de los asesinados.

Siento un miedo irracional, puedo imaginar mil llantos dependientes de otras mil órdenes desordenadas dadas por hombres borrados, inquisidores y ciegos. Olor a sangre, una cabeza que construye en el inframundo, un trenzado pervertido, mezcla el aroma fresco de la mañana y el sin sentir de los cipreses que pueblan la periferia del campo santo.

El espacio hueco que muere dentro del cementerio, reproduce cada minuto el eco de los disparos. La heridas petroglifoides en las rocas del paredón, infligidas por las balas discretas.

Descansen en paz todas las víctimas de la sin razón. Descansa en paz abuelo.