Los juegos de sangre

Llanto que se apaga con la saliva de nuestras gargantas. Dicen que los guardias civiles no pueden llorar; se equivocaban, eran gemidos desgarradores, sonidos guturales salían de entre las paredes de la capilla ardiente. Fluían lágrimas, ríos oscuros de sangre se desprendían para lanzarse al vacío sobre los féretros barnizados de dos colores, unos marrones y otros blancos, todos aparcados en batería en la antesala de un cielo triste.

Esos pequeños sólo jugaban en el patio de un cuartel, un 27 de mayo de 1991. Los interfonos de las garitas, uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis, de la cárcel de Trinitat Vella de Barcelona, imploraban un descanso en paz con la intención de atenuar el dolor de pensar en esas pequeñas almas retorcidas por la deflagración.

¿Que ha ocurrido?, son vidas que el asesinato ha desmenuzado en un atentado contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Vich (Barcelona). Un comando de ETA enviaba un coche cargado de muerte al interior del recinto, desgarraba la inocencia sin el beneplácito del destino, este último ignoraba eso mismo, su propio destino, incapaz de premeditar un final tan roto.

¿Quién habla?, el triste Guardia Civil que durante dos horas habitó en una pequeña torre, la número seis. Respirar entrecortado en una minúscula cárcel infinitamente circular. El continente cerrado con candado retiene el contenido de carne con cubierta uniformada. El todo acaba mordisqueado y engullido por ese penal de nombre Trinitat Vella. Todas las estructuras animadas que sienten y respiran en Barcelona, cuenta los segundos cerca de un infierno de nombre, Vich.