Soy de ETA y vengo a secuestrarte

Año 1993. Cuartel de Intxaurrondo, Guipúzcoa

La comandancia de Guipúzcoa participa activamente en la búsqueda del industrial Julio Iglesias Zamora, empeño que resulta infructuoso. Finalmente fue liberado por la banda terrorista ETA.
Manos negativas alzadas en el infierno de la duda.
La espera de la compasión del secuestrador sin la percepción del pago exigido, es inútil. Súplicas que se sustentan en el extremo y exhausto deseo de volver a ver a ese ser querido que no está.
El encuentro con el inevitable mensaje de la muerte, canalizado a través del subconsciente y que cada segundo repite: busca su cuerpo y entiérralo, si, busca su cuerpo y entiérralo.
Soy de ETA y vengo a secuestrarte.

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Todos y cada uno de los integrantes del S.I.G.C de San Sebastián, participaron en la desarticulación del comando, unos asesinos con nombre de carrusel infantil, piruleta de fresa, pero que han segado la vida de tantos inocentes, le llaman comando Kiruli.
Comando legal, queríais nuestra muerte, pero no nos hemos dejado, nunca nos encontrábais en el mismo punto, seguíamos un decálogo, siempre prevenidos nunca atemorizados.
Agentes afectos a un águila negra, el S.IG.C os ha cazado, cobardes. Nuestros compañeros asesinados ya pueden poner rostro a sus ejecutores, pobres los primeros, no podían ver vuestras caras cuando los abatíais por la espalda de un tiro en la nuca. Hoy por fin pueden descansar en paz.
He estado allí, he visto a los terroristas, parecen personas por fuera, por dentro son azufre, excrementos y moscas azules.

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Las explosiones de ayer callaron, las pistolas de los malos, ¿se apagaron, o los que hoy han olvidado a nuestros héroes, han puesto el seguro de su 9 mm parabellun para que no percuta el cartucho?. Aquellos tiempos fueron duros, de miedo racional omnipresente, convertido con la costumbre de morir en irracional e zigzagueante, con picos de intensidad similar a los que debe sentir un psicótico en su delirio. Aquel escenario se desarrollaba en un campo de batalla urbano, una guerra de guerrillas, y los lugares elegidos Hegoalde para asesinar e Iparralde para esconderse.
En los vehículos particulares, arrancadores automáticos accionados con un pequeño mando a distancia, placas de matrícula reservadas, recursos limitados para evitar ese goteo que taladra el alma, otro compañero muerto, no era suficiente, dos Guardias civiles acribillados en Oyarzun.
Se apagaban las luces de la vida, entierros pomposos con banderas, autoridades y medallas a título póstumo.
Carteles en las calles, amenazantes, perfilados en fondo blanco y con letras muy negras como el alma de los que matan, decían así: ETA 2, Guardia Civil 0.